El protagonista es un viejo conocido: el mosquito Aedes aegypti. Esta vez, subió a escena con una patología que no solo enferma: condiciona, inmoviliza, duele demasiado. Chikungunya significa “el que se encorva”. La traducción es literal. El cuerpo se curva, se repliega, se defiende como puede de un padecimiento que atraviesa rodillas, tobillos, muñecas y dedos.  

En los primeros ciclos de su vida, el Aedes aegypti puede sobrevivir a bajas temperaturas

El sufrimiento se ve, se escucha, se respira en los barrios, en las guardias colmadas de los centros asistenciales y en las casas donde los pacientes ni siquiera logran levantarse de la cama.

Las estadísticas hablan de una cifra récord de 346 casos en Tucumán, un 33% más que la semana pasada, cuando se registraban 115 menos. No se trata de una patología nueva, pero sí de un escenario que preocupa y mucho: las condiciones ambientales son cada vez más favorables para la expansión de esta enfermedad y de otras que también transmiten los mosquitos. ¿Qué hay detrás de este fenómeno? Los especialistas coinciden: el cambio climático.

Una de las claves para entender lo que está ocurriendo es el proceso de tropicalización, según explica Giselle Rodríguez, docente e investigadora de la Facultad de Ciencias Naturales de la UNT y coordinadora de vectores del municipio capitalino. En términos simples, el cambio climático está transformando regiones que antes eran templadas o subtropicales en ambientes con características más propias de zonas tropicales. Esto implica temperaturas más altas y mayores precipitaciones, dos variables determinantes para la proliferación del mosquito Aedes aegypti, principal transmisor de dengue, zika y chikungunya.

“Donde avanza el mosquito, avanzan las enfermedades”, sintetiza la especialista.

El vínculo entre clima y patologías vectoriales tiene una explicación biológica concreta. Por un lado, el mosquito encuentra condiciones más favorables para completar su ciclo de vida: temperaturas más cálidas aceleran su desarrollo, mientras que las lluvias generan más criaderos disponibles.

Por otro lado, los virus también se benefician de este escenario. Si hace más calor, su capacidad de replicación dentro del insecto aumenta, lo que eleva las probabilidades de transmisión. El resultado es un entorno más cómodo para ambos: el vector y el patógeno. Esto se traduce en una mayor circulación de enfermedades y en brotes más intensos o más frecuentes.

La última epidemia que tuvimos de dengue, en 2024, fue una clara muestra. Hace dos años hubo 84.123 casos reportados y 44 muertes, una cifra inédita, que puso a Tucumán entre las provincias con más fallecidos.

Qué cambió en Tucumán

En Tucumán, el Aedes aegypti no es una novedad: está presente desde hace muchos años. Sin embargo, lo que cambió es la dinámica. Hoy hay más condiciones para su proliferación y, en consecuencia, más riesgo de transmisión.

Uno de los factores centrales es la urbanización. El crecimiento de las ciudades, muchas veces sin planificación, genera ambientes ideales para el mosquito: acumulación de residuos, recipientes con agua estancada y alta densidad poblacional, enumera Rodríguez. A mayor cantidad de personas, mayor disponibilidad de alimento para el mosquito y mayor circulación de virus, apunta.

Además, la movilidad humana juega un rol clave. No es tanto el mosquito el que se desplaza grandes distancias, sino las personas. Eso facilita la introducción del virus en nuevas áreas.

Otro cambio significativo es la extensión del período de actividad del mosquito. Si bien esto varía según el año -influido por fenómenos como El Niño o La Niña-, se observa una tendencia a temporadas más largas. En Tucumán, por ejemplo, la actividad del Aedes y la oviposición (puesta de huevos) solían disminuir hacia mayo, detalla la investigadora. En los últimos años, ese límite comenzó a correrse, extendiéndose algunas semanas más. Esto también se refleja en la duración de los brotes.

Rodríguez aclaró que, a diferencia de lo que ocurre en el noreste argentino, donde en algunos casos ya no hay interrupción invernal de la transmisión de enfermedades, en Tucumán todavía se mantiene un corte durante los meses más fríos. Sin embargo, esto podría revertirse en los próximos años.

Susana Lloveras, médica infectóloga, especialista y pionera en medicina del viajero, remarca que el cambio climático dejó de ser una advertencia lejana para convertirse en una realidad palpable que impacta directamente en la salud de la población. Según explica, a medida que se modifican los ecosistemas, aumentan las temperaturas y se intensifican los fenómenos meteorológicos extremos, también cambian las condiciones en las que se desarrollan enfermedades, especialmente aquellas transmitidas por vectores como mosquitos, garrapatas y otros organismos.

Las consecuencias ya tienen cifras concretas. Se estima que en las próximas décadas el cambio climático podría provocar unas 250.000 muertes adicionales. De ese total, alrededor de 60.000 estarían vinculadas a enfermedades transmitidas por vectores. Paradójicamente, los países más afectados serán aquellos más vulnerables, que son también los que menos contribuyen a la emisión de gases de efecto invernadero, remarca.

El avance del cambio climático plantea un desafío creciente. Las condiciones que favorecen la expansión de enfermedades como el dengue y la chikungunya no solo se mantienen, sino que tienden a intensificarse, señala.

Los expertos no lo dudan: el escenario es más que preocupante. “Es una posibilidad real que circulen las tres patologías: dengue, zika y chikungunya, ya que comparten el mismo vector, el Aedes aegypti, que ya está ampliamente distribuido en el país. A futuro, factores como el cambio climático, la urbanización y la movilidad regional  pueden favorecer un escenario con más enfermedades, mayor distribución geográfica y patrones menos predecibles, lo que exige sistemas de salud más preparados”, concluye.

Cómo es la enfermedad 

El virus de la chikungunya, emparentado con el dengue y el zika, se transmite a través del Aedes aegypti. Tras la picadura de un mosquito infectado, los síntomas pueden aparecer entre cuatro y ocho días después e incluyen fiebre alta, dolor articular intenso y erupciones cutáneas. A diferencia del dengue o el zika, que en muchos casos pueden cursar sin síntomas, la mayoría de las personas infectadas con chikungunya desarrolla la enfermedad.

Si bien la mortalidad es baja y los casos fatales son poco frecuentes -principalmente en niños pequeños y adultos mayores-, el impacto de la chikungunya en la calidad de vida es significativo. Hasta un 40% de los pacientes puede desarrollar síntomas crónicos, especialmente dolores articulares incapacitantes que persisten durante meses o incluso años. Esta característica convierte a la enfermedad en una amenaza no solo sanitaria, sino también social y económica.

Producción Audiovisual: Agustina Garrocho, Álvaro Medina y Nazarena Ortiz